Por un feminismo de hermanas de tierra

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obra de Lagalana collage (Cecilia Jiménez)

Regresa marzo, entre heladas e incertidumbres, pero nosotras volveremos a llenar las calles, a levantar nuestras voces, a romper los centros con nuestros márgenes y periferias. Un marzo más reivindicamos nuestros derechos, visibilizamos lo que nos atraviesa y afecta. Sentimos que no es buena noticia que este año, entre las compañeras, hablemos de que este manifiesto sea más necesario que nunca. La situación y las problemáticas que estamos viviendo en nuestros territorios nos interpelan de forma urgente y directa para encontrar la fuerza y la palabra entre nosotras: para crear vínculos, sacar las sillas a la calle, no callar nunca más, no volver a sentirnos solas.

Queremos hoy poner la memoria, el cuerpo y la voz. Sin miedo, sin pudor, sin reparo.

Por todas aquellas que no pueden dejar hoy su puesto de trabajo o su papel de cuidadoras, que viven paralizadas por la violencia, que trabajan día tras día sin derechos, que no pueden hablar porque necesitan el pan y el jornal para que vivan los suyos. Que no pueden visibilizarse en una manifestación, que no pueden permitirse salir a la calle, unirse a la protesta. Esto es también por las que no podrán salir de casa debido a barreras físicas, sufrimientos o malestares, por estar encerradas en instituciones o hospitales. Fuera de los discursos de los centros, de las instituciones, de la academia. Queremos ser altavoz, plataforma para todas aquellas a las que el sistema expulsa, explota, maltrata, deja conscientemente siempre a un lado.

Ya pensamos en el verano que se acerca, con una sequía que nos duele y angustia. Los paisajes en los que crecimos, vivimos y trabajamos están desapareciendo, nuestra geografía física y sentimental se transforma en otra cosa. Aún no sabemos ni tenemos palabras, pero también este manifiesto quiere hablar en voz alta de ese dolor que muchas llevamos ya dentro, que transforma nuestros cuerpos y vínculos, nuestros afectos y comunidades. Pero no queremos dar oportunidad a los discursos llenos de catastrofismo y colapso. Aquí no pueden enraizar los sermones que culpabilizan, que enfadan, que aleccionan, que dejan recaer todo el peso en las personas, sin saber de sus circunstancias y vulnerabilidades. Preferimos crecer y compartir desde la alegría. Queremos trabajar juntas por otro porvenir, aprender a volver a conmovernos. Pensamos que desde los afectos y el asombro podremos germinar juntas en nuevos espacios y encuentros. Para ello también necesitamos compartir y nombrar nuestras fragilidades, vulnerabilidades y sufrimientos. Puede que este sea un buen motivo para luchar y seguir adelante en esta emergencia climática. No podemos permitirnos el desánimo, el pesimismo, la desesperanza.

Hermana de tierra, que algunos hagan lo imposible por impedirnos imaginar nuevos futuros no significa que no podamos soñar, y pelear por tenerlos.

Nos preocupan especialmente los discursos que regresan, romantizando la vida de nuestras madres y abuelas, convirtiéndolas en heroínas, ocultando con palabras y artimañas una dictadura llena de represión, desigualdad y violencia.

Hermana de tierra,

venimos de aquellas niñas que trabajaron la tierra sin poder decidir, que cargaron a sus espaldas con mochilas enormes llenas de renuncias y silencios. Compartimos territorio con colectivos oprimidos. No podemos olvidarnos de que aquellas violencias siguen entre nosotras: con nosotras hoy especialmente están las temporeras, las migrantes, las mujeres trans. Sin ellas no contemplamos la lucha. No podemos imaginar ni pensar los nuevos futuros habitables y sostenibles sin ellas ni sus reivindicaciones.

Somos descendientes de todas aquellas y también seremos, algún día, antepasadas para las que vengan. Nunca olvidemos de dónde venimos, más en estos tiempos en los que tanto nos preguntamos hacia dónde queremos ir.

No caigamos en la amnesia, no caminemos sin la memoria.

Llevamos con nosotras una genealogía de resistencia: nos duele que desde ciertos colectivos urbanos, siempre desde el centro, borren de un plumazo nuestros relatos y movimientos de lucha, obvien y simplifiquen nuestros debates. Que no estéis al tanto no significa que en nuestros pueblos no estén sucediendo cosas, que no estemos trabajando por el cambio. Nos parece injusto con todos los colectivos y grupos rurales que incansables luchan y se mueven por otros medios y territorios posibles. Creer que no existen otras luchas ni debates en nuestros pueblos nos parece una visión terriblemente injusta, paternalista y condescendiente.

Sin nosotras no se entiende el territorio. Y no podemos quedarnos calladas ante las medidas y discursos que siempre nacen y ordenan en nombre del desarrollo y la sostenibilidad. Ya basta de convertir nuestros medios rurales en zonas de sacrificio, en meras despensas, en vertederos, en simples zonas de recreo para la gente de la ciudad.

En nuestros territorios se encuentran las herramientas y los saberes que puedan convertirse en aliados para mitigar los efectos de la emergencia climática en la que vivimos. Pero la realidad es que cada año seguimos viendo cómo aumenta el número de explotaciones industriales e intensivas en nuestros pueblos, y cómo se abren paso macroproyectos energéticos en espacios de alto valor ambiental sin tener en cuenta a quienes habitan la tierra, expulsándonos de nuestros pueblos.

Celebramos la visibilidad y los nuevos relatos que cada día están más presentes en los medios. Pero la realidad que vivimos en el campo a veces no concuerda con lo que nos devuelve el espejo: seguimos sin poder tomar decisiones, sin acceso a una vivienda digna, a la tierra. Sin herramientas para poder poner en marcha proyectos que trabajen por la soberanía alimentaria: es más fácil desarrollar un proyecto industrial que un proyecto agroecológico que produzca alimentos que cuiden nuestra tierra y no nos enfermen.

Hermanas de tierra,

¿quiénes son los que deciden por nosotras? ¿Quién se beneficia del uso de la tierra? ¿Quién tiene el altavoz?

Queremos tierratrabajo.

Que todas las personas tengan acceso a una alimentación saludable, local y sostenible. Queremos ciudades y pueblos en los que se acceda con facilidad a alimentos que preserven y cuiden el paisaje. Queremos que todas las personas que quieran trabajar la tierra tengan la posibilidad de hacerlo.

Hermana de tierra,

las amenazas que nos ponen en peligro hoy siguen siendo las mismas de ayer, aunque se vistan de términos como «progreso», «sostenibilidad» y «prosperidad». Nosotras somos como aquellos árboles que eran un habitante más en nuestros pueblos: en su sombra y cobijo se tomaban todas las decisiones, se hablaba y se compartía, se celebraba a quienes venían y se despedía por última vez a quienes se marchaban para siempre.

El sistema agroalimentario en el que vivimos arrasa las pequeñas ganaderías, los proyectos familiares, las iniciativas agroecológicas llenas de saberes, relaciones y formas de trabajo respetuosas con la tierra. Hace imposible el relevo generacional, las incorporaciones de jóvenes que quieren vivir en nuestros pueblos. Desaparecen así maneras únicas de habitar el territorio, de conservar y proteger nuestra biodiversidad y sus ecosistemas.

Aquí estamos juntas para alzar la voz, para recordar que no dejaremos de luchar por garantizar una tierra digna.

Hermanas de tierra,

por mucho que quieran talarnos, sabemos que juntas no caeremos.

Hermana de tierra,

aquellas que contamos con el privilegio y con las herramientas necesarias podemos ser las primeras en revisar nuestras luchas y debates. Cómo trabajamos, cómo nos organizamos, cómo nos nombramos. También nosotras estamos dando forma a nuevos relatos, y es imprescindible hablar y pensar desde dónde y cómo los hacemos.

Porque necesitamos más que nunca nuevas ruralidades llenas de feminismos, agroecología, diversidad, pero también — como decíamos — de memoria.

Hermanas, no estáis solas.

No estamos solas.

Otro 8 de marzo más, seguimos aquí, estamos aquí.

Aquí nombramos, aquí nos sentimos más unidas que nunca. Aquí hacemos frente, compartimos nuestros temores, dejamos a un lado el silencio. Reivindicamos que existen muchas maneras de habitar el territorio, muchas ruralidades que dialogan, que aprenden, que construyen, que cuidan y acogen. Una de hermanas de tierra: llena de feminismos y diversidad, de agroecología, de memoria, de interdependencia, de apoyo mutuo, esperanza y alegría.

Por un feminismo de todas,

por un feminismo de hermanas de tierra.

*El cartel es obra de La Galana collage (Cecilia Jiménez). Podéis descargarlo aquí.

**(Este Manifiesto fue impulsado por María Sánchez y Lucía López Marco. Gracias a los consejos y aportaciones de Blanca Casares, Patricia Dopazo, Karina Rocha, Julia Álvarez, Neus Miquel, Elisa Oteros, Colectivo Arterra y Elena Medel. Y a tantas que habéis hecho llegar vuestras aportaciones.)

(A lo largo del día iremos subiendo las traducciones del manifiesto)

  • Traduït al català per Mar García Gálvez
  • Traducido a l’aragonés por Lucía López Marco.
  • Traducíu al asturianu por Inaciu Galán
  • Traducido ao galego por David Lourido (O Tempo da Aldea).
  • Manifestu hau Leire Milikua Larramendik itzuli du euskarara
  • Esti manifiestu á síu canteau al estremeñu por OSCEC
  • Esti manifiestu jue traducíu al cántabru por Daniel Lobete López
  • Manifiesto adaptado a lectura fácil por ACCIUMRed.
  • Arrevirat ar aranés per Alba Boya e Ares Higuera
  • Este manifesto foi traduzido ao português brasileiro por Estela Rosa.

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